Arcabucero en plena encamisada: humo, fuego y avance
Héroes del Revellín presenta: “¿Pero esto pasó de verdad?”
ARCABUCEROS
Si te imaginas a un soldado del siglo XVI con una enorme espada luchando cuerpo a cuerpo, lo puedes hacer bastante mejor, sobre todo a principios de siglo… pero te falta un protagonista que estaba revolucionando los campos de batalla: el arcabucero.
En 1521, mientras Logroño resistía el asedio francés, ya había hombres armados con un arma que hacía mucho ruido, levantaba una gran nube de humo y, cuando funcionaba bien, podía atravesar una armadura.
Ese arma era el arcabuz.
No era un arma para impacientes
Olvídate de las películas. Un arcabucero no disparaba una y otra vez con rapidez.
Cada disparo era casi un pequeño ritual. Primero medía la pólvora, después la introducía en el cañón, colocaba la bala de plomo, empujaba la carga con la baqueta, añadía pólvora fina a la cazoleta, comprobaba que la mecha seguía encendida… Y solo entonces podía disparar.
Todo este proceso podía durar alrededor de un minuto en manos de un soldado experimentado.
Si llovía, hacía viento o la pólvora estaba húmeda o en mal estado… tocaba empezar de nuevo.
Y si la mecha se apagaba en el peor momento, el arcabuz dejaba de servir para absolutamente nada.
Siempre con la «mosca» detrás de la oreja
Seguro que has oído alguna vez la expresión «tener la mosca detrás de la oreja».
Aunque no existe un acuerdo absoluto sobre su origen, una de las teorías más aceptadas nos lleva precisamente hasta los arcabuceros de los siglos XVI y XVII.
Una pequeña pieza del mecanismo de disparo del arcabuz recibía el nombre de mosca. El soldado debía vigilar constantemente que todo estuviera preparado para disparar en el momento oportuno.
De ahí podría venir esa sensación de estar alerta, desconfiar o sospechar que algo no va bien.
Así que la próxima vez que alguien te diga que tiene la mosca detrás de la oreja… quizá, sin saberlo, esté recordando a aquellos soldados que vigilaban su arma con la máxima atención.
Mucho más que un hombre con un arma
El arcabucero llevaba encima casi media armería. 
Además del propio arcabuz, transportaba pólvora, balas de plomo, una mecha encendida, herramientas para limpiar el arma, espada o daga y buena parte de su equipo personal.
Todo ello suponía varios kilos a la espalda. Y había que marchar durante horas.
Un disparo… y una nube de humo

La pólvora negra tenía un pequeño inconveniente, o más de uno….
Ensuciaba el arma, dejaba un olor inconfundible y producía tanto humo que, después de varias descargas, era difícil distinguir al enemigo.
¿Hubo arcabuceros en el Sitio de Logroño?
Sí.
En 1521 las armas de fuego ya formaban parte de los ejércitos que combatían en la Península.
Durante el Sitio de Logroño convivieron con picas, espadas, piezas de artillería…
Aquellos disparos, el olor de la pólvora y el humo debieron de acompañar a quienes defendieron la ciudad durante aquellos días decisivos.
Nunca combatían solos
Aunque el arcabuz supuso una auténtica revolución, un arcabucero por sí solo era muy vulnerable. Mientras recargaba, quedaba prácticamente indefenso, por lo que necesitaba que otros compañeros lo protegieran.

Ahí entraban en juego los piqueros, que mantenían al enemigo a distancia con sus largas picas. Si el combate se volvía más cercano, espadachines y alabarderos tomaban el relevo. Cada uno tenía una misión concreta y todos eran imprescindibles.
De la coordinación entre piqueros, arcabuceros, espadachines y alabarderos surgiría una nueva forma de combatir que, con el paso de los años, daría fama a una de las fuerzas militares más eficaces, admiradas y temidas de la Edad Moderna: los Tercios españoles.
Porque la verdadera fuerza de aquellos ejércitos no estaba en un solo hombre ni en un arma concreta, sino en la disciplina, la coordinación y el trabajo en equipo.
Aquel soldado que avanzaba con su pesada arma al hombro, pendiente de que la mecha no se apagara y con la vista fija en el enemigo, quizá no era consciente de ello, pero estaba participando en una auténtica revolución militar.
La próxima vez que escuches el estruendo de un arcabuz durante una recreación histórica, no estarás viendo solo una demostración de época. Estarás contemplando el arma que anunció el final de la Edad Media y el comienzo de una nueva forma de hacer la guerra.