Héroes del Revellín presenta: “¿Pero esto pasó de verdad?”
La Historia está llena de personajes épicos, batallas imposibles… y detalles tan extraños que parecen inventados después de varias jarras de vino en una taberna del siglo XVI.

En esta sección iremos descubriendo algunas de las historias más curiosas del pasado: símbolos, armas, costumbres y anécdotas que demuestran que nuestros antepasados jamás hicieron las cosas de manera aburrida.
Y comenzamos con una cruz roja. Aunque conviene aclararlo desde el principio: ésta no traía médicos ni ambulancias.
La Cruz de Borgoña solía venir acompañada de Tercios, arcabuces y una experiencia bastante desagradable para quien osase enfrentarse a ella.
La Cruz de Borgoña no es simplemente una bandera antigua

No. Es probablemente una de las insignias militares más reconocibles y eficaces de la historia de España. Porque claro, hay banderas diseñadas para decorar edificios… y luego está ésta, creada básicamente para aparecer en el horizonte y provocar sudores fríos en el enemigo.
Su origen está en la cruz de san Andrés, el apóstol que —según la tradición cristiana— fue martirizado en una cruz en forma de aspa. Los duques de Borgoña adoptaron aquel símbolo, y siglos después terminó llegando a Castilla gracias a Felipe el Hermoso, que además de un nombre extremadamente optimista aportó a la monarquía española una valiosa herencia europea.
Pero el auténtico responsable de convertirla en un icono fue su hijo, Carlos I de España y V de Alemania. Es decir, el hombre que heredó tantos territorios que probablemente necesitaba varios mapas solo para saber dónde estaba gobernando aquella semana. Bajo su reinado, la Cruz de Borgoña pasó a convertirse en la gran enseña militar de la Monarquía Hispana.
Y vaya si se hizo famosa.
Desde el siglo XVI, aquella aspa roja de troncos desgarrados ondeó en fortalezas, galeones y campos de

batalla desde Flandes hasta América. Allí donde aparecía la bandera, normalmente también aparecían soldados españoles, cañones, picas…
y una burocracia imperial capaz de recaudar impuestos hasta en el último rincón del planeta conocido.
Bajo la Cruz de Borgoña combatieron los legendarios Tercios españoles, posiblemente la fuerza militar más temida de su tiempo. Mientras otros ejércitos europeos aún estaban resolviendo cómo mantener una formación sin desbandarse a la primera carga, los Tercios ya dominaban media Europa combinando disciplina, arcabuces y una inquietante costumbre de ganar batallas imposibles.
Pavía, San Quintín, Lepanto, Breda… la bandera estuvo presente en algunos de los enfrentamientos más decisivos de la época. Y durante más de un siglo, ver aquel aspa roja acercándose significaba que el rey de España había decidido participar personalmente en la conversación.
Curiosamente, no existía un único modelo oficial. Algunas cruces parecían ramas recién arrancadas de un árbol; otras eran más estilizadas. A veces llevaban coronas, escudos o emblemas militares. El diseño variaba, pero el mensaje era siempre bastante claro: “La Monarquía Hispana ha llegado”.
El ocaso y la pervivencia
Con la llegada de la Casa de Borbón en el siglo XVIII, la Cruz de Borgoña fue cediendo protagonismo frente a las banderas blancas (propias de los Borbones) y, más adelante, ante la rojigualda impulsada por Carlos III, concebida para distinguir con mayor claridad a los navíos españoles en alta mar. Porque sí: en plena batalla naval, descubrir demasiado tarde qué barco era amigo y cuál enemigo resultaba ser un pequeño inconveniente táctico.
A día de hoy, si observáis con atención, veréis que el aspa sigue viva. Está presente en el estandarte de Su Majestad el Rey, corona los escudos de numerosas ciudades americanas que aún conservan la huella de su pasado hispánico y, lo más fascinante para los entusiastas de la ingeniería aeronáutica, sigue decorando las colas de los aviones del Ejército del Aire y del Espacio.


En resumen: la Cruz de Borgoña no murió; simplemente se retiró a los lugares donde la tradición y la jerarquía aún se valoran por encima de las modas pasajeras. Y la Cruz de Borgoña lleva más de cinco siglos recordando una época en la que los Austrias españoles gobernaban un imperio donde, literalmente, nunca se ponía el sol, pocas banderas han tenido una carrera tan impresionante. Y todavía menos pueden presumir de seguir despertando admiración quinientos años después.